La niña inmigrante y solitaria, amiga de las cosas, extraña a una lengua y carente de amigos jugaba con lo que el nuevo mundo le presentaba:... retozaba con las muchas mariposas amarillas que habitaban su nuevo universo, en donde también se poblaban poco a poco sus cantos y sueños.
Un buen día, la niñita italiana corría detrás de las pequeñas mariposas amarillas, atrapándolas en el eterno juego de la búsqueda y el encuentro. Hacía calor de trópico y faena; y a sus manos que se teñían del polvillo amarillo de los seres del aire se les juntó el sudor y la inocencia. La niña se pasó las manos impregnadas del polvo de mariposas por los ojos y, por un tiempo en apariencia eterno, se quedo ciega.
Pasaron los días y los ojos de la niña cerrados de oscuridad y temor, se llenaban de lágrimas y de inocente culpa. La pequeña sabía que habían sido las mariposas que en su venganza de juego la privaban de la vista. Días más tarde recuperó la luz, no sin quedar marcada para siempre en su memoria la gran lección de la vida: los seres de aspecto débil siempre atesoran en si mismos la fortaleza que los rescata y los alienta.
“El arte toca la puerta del inconsciente colectivo, y es tan real como nosotros mismos. La evocación por asociación abre las puertas del mundo inconsciente y olvidado, despierta en el observador memorias personales y provoca una respuesta”. María Elisa Quiaro


































