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30.11.08

Pasado



Quise encontrar a mis ancestros...
me miré en el espejo.

21.1.08

las lágrimas de ella


Le dolieron los ojos de tanto llorar. Ella lloró por una casa derribada, por sentirse extraña en una ciudad que la desconoció mientras ella la pensaba detenida en el recuerdo.
Lloró todas las lágrimas de sus afectos, lloró por esa su historia que lleva canas y silencia tristezas... Con un silencio emocionado llamó a la puerta de su pasado y encontró su presente, callado, resignado. Como Alicia en el espejo discurrió por los laberintos de su infancia en donde a sus ojos que apenas alcanzaban a remontar el suelo, todo les parecía inmenso...Le fue dado divagar aquellos laberintos que en aquel instante sintió quedos, diminutos y sobre todo dolorosos.
Allí, ella lloró con Rosario y sus ojos verdes de 81 años, lloró por su fuerza doblegada por la vejez y la emoción más fuerte que la razón. También abrazó a Isabel y a ese su silencio pasivo y tierno que grita palabras y gestos nunca dichos. Se vió de niña perdida entre la flores de un patio interior, hoy casi desierto. Y mientras contemplaba a través del nublado cristal de sus ojos a aquellas dos almas, lloró por las manos viejas que como siempre le dieron pan y centavos y agradeció al cielo por ese amor y esa bondad eterna...Siguió llorando por esos abrazos de quien no quiere adioses ni despedidas, por esa tierra alta que fue cobija, por el café mañanero y la matriarca; lloró por lo que en ese momento quiso dar y no pudo; porque quiso rezar como ellas y no supo cómo hacerlo; porque quiso sentir la paz de aquellas mujeres, esa obediencia de oveja y esa fe de piedra que a ella tanto le faltaba. Lloró, lloró mucho y supo por qué lo hizo.

6.12.07

...y diciendo así


Dentro de ti tu edad
creciendo.
Dentro de mí mi edad
andando.

Oda al Tiempo
Pablo Neruda




Mi abuela olía como las velas de la iglesia. Había en ella un perfume quedo y profundo como el de la parafina de las velas que se consumían en la iglesia que me puso nombre un día de bautismo.
Si, camino abajo estaba la iglesia de Milla. Al sonar de las campanas que anunciaban el servicio religioso, las almas andaban cuesta abajo hacia sus puertas. Bajábamos aletargados por el olor de pino tempranero y el frescor de las mañanas merideñas que se mezclaban con el de las llamas que sacrificaban velas por milagritos furtivos y agradecimientos mil veces repetidos.
La iglesia era fría a pesar de sus pesares. Un no sé qué de encuentro clamaba esperanza.
Ahí llegábamos presos de un silencio entre sentido y obligado, pero silencio al fin: "!Pórtense bien, caramba que la iglesia se respeta!..." pero era difícil no voltear la cabeza para ver al que entraba silencioso a encontrarse con su Dios.

Blanca y oscura era la iglesia de Milla. La capilla tenía bancos de madera de cedro con sus respectivos reclinatorios muy, muy viejos. Para mí, ese lugar escondía secretos que despertaban una curiosidad inusitada y al mismo tiempo me aterraban. En días de misa me debatía entre la necesidad de adentrarme en sus negros rincones y las ganas de quedarme sentada junto a la abuela, con los ojos bien cerrados esperando que aquella hora interminable llegara a su fin. Así, como si durmiera, y sin mirar a los lados sobre todo porque las caras mustias y lavadas de los santos me daban miedo. Esos rostros pálidos y llenos de profundo sufrimiento, quizá por sus ropajes que hacía ya mucho habían perdido el color, me provocaban mucha lástima y un sentimiento de tristeza.
Esa era iglesia de mis vacaciones escolares y ese el mundo profundo que se encerraba tras sus puertas no siempre abiertas al día y a la vida.
Cada domingo sin falta, la cara y el sueño lavados, era el lugar del sermón de cura amigo y del monaguillo viejo, sermón de abuela regañona y por consiguiente sermón de Dios supremo y todopoderoso.
Es que cómo ponerle nombre a lo que aquella niña que fui podía presentir más allá del altar, cerca de la ventana que prodigaba la luz al Santísimo. Nunca como en esos años entendí lo que mucho tiempo más tarde conocí con el nombre de fe.
Continuará

30.10.07

Mariposas en la Oscuridad

cuaTro

Y aquel jardín que un día fue florido, está ahora vacío de matas y vida. Sólo hierba mala nace de la tierra, donde antes crecían el verde y las flores.
Poco a poco se oye una voz que entona viejas cancioncillas que nunca escuché. Canta tan bonito que el tiempo se para y vuelve de nuevo todo a ser igual. De repente, veo a una viejecita rodeada de niños contándoles cuentos, los mismos que ella escuchó de niña; los cuentos del Páramo, de brujas y duendes. La misma señora que el séptimo día salía de su casa, derecho a la iglesia con un velo negro y un rosario claro. La que en el reclinatorio me sentaba a un lado haciendo silencio, demostrando fé. Yo la miraba con los ojos grandes mientras aprendía que eso de creer era cosa seria.

Son tantas las cosas que guarda la casa, por un puño lágrimas, por otro sonrisas. Y aunque nada queda de la vieja casa pintada de azul, gris en las ventanas y este tono sepia viste las paredes, rellena los huecos de los busca-entierros, yo siempre regreso como un muerto más.
Busco a la mujer regando sus rosas en pleno septiembre, rastrojo del viento, calor de fogón; busco a las niñitas, manojo de estrellas, flores de estación. pero sobre todo a misma la doña de la mecedora, que con su presencia coloreaba verdes en tierra de nadie, y entre mariposas sigue siendo ama, reina de la casa.

Poco importa todo. Ya no queda nada de todo ese mundo, sólo los recuerdos y la soledad... en el fondo oscuro unas mariposas que revolotean sobre una mujer que se balancea en su mecedora, susurra plegarias, espectro del sueño, me mira y me habla sin decirme nada. Soy sólo testigo de penas y luchas, de fe en el destino. Hoy las mariposas son dueñas de esa casa que queda en silencio, llena de fantasmas.

30.9.07

Mariposas en la Oscuridad


trEs

Otra vez, se funden imágenes. Basta sentarse a esperar para ver pasar los espectros. Los sigo curiosa, sabiendo, sabiendo... Me asomo al solar , allí hay otras niñas jugando con gatos y con cachorritos, corren por la casa juegan al escondite, se ocultan detrás de los muebles y de los baúles como lo hice yo. Las veo enfermitas de un simple resfriado creyendo morir cuando ya están muertas.

Otra vez la mujer, otra vez silencio. Sentada en su cama, el cuarto lleno de penumbra, el mismo de las mariposas. Sus paredes anchas guardan mil secretos, ¿realidad o sueño? Ya no sé qué es.

La mujer reza tocando un rosario de color marfil, que quién sabe cuántas plegarias ayudó a elevar al cielo, cuántas noches sus pedidos llegaron al Dios en que ella creía y cuánta tristeza encontró consuelo en diez "yo en ti creo" y cien "Padres nuestros".
La habitación es húmeda y encerrada. Un techo a dos aguas y una viga larga hacen bien pensar, que las palomitas harían muy buen nido donde hay tanta paz. El suelo cubierto de lajas de arcilla es al mismo tiempo frío e irregular. Puedo ver a otra niñita, muy, muy pequeña que corre descalza a la cama antigua a pedir de nuevo una bendición. Y en seguida se oye una fuerte voz que le dice: "¡Niña qué hace descalza, se va a resfriar".
A esa misma niña puedo ver hincada, una que otra noche, aprendiendo a rezar...
El cuarto está vacío ya no hay nada en él y en el altarcito arropada en polvo hay una estampita de una virgen bella. Debe ser María, la llena de Gracia, esa que en septiembre estaba de fiesta y por quien Doña Chinta hacía sus velones y cortaba rosas.

Y aquel jardín que un día fue florido, está ahora vacío de matas y vida. Sólo hierba mala nace de la tierra, donde antes crecían el verde y las flores.
Poco a poco se oye una voz que entona viejas cancioncillas que nunca escuché. Canta tan bonito que el tiempo se para y vuelve de nuevo todo a ser igual. De repente, veo a una viejecita rodeada de niños contándoles cuentos, los mismos que ella escuchó de niña; los cuentos del Páramo, de brujas y duendes. La misma señora que el séptimo día salía de su casa, derecho a la iglesia con un velo negro y un rosario claro. La que en el reclinatorio me sentaba a un lado haciendo silencio, demostrando fé. Yo la miraba con los ojos grandes mientras aprendía que eso de creer era cosa seria.

Son tantas las cosas que guarda la casa, por un puño lágrimas, por otro sonrisas. Y aunque nada queda de la vieja casa pintada de azul, gris en las ventanas y este tono sepia viste las paredes, rellena los huecos de los busca-entierros, yo siempre regreso como un muerto más.
Busco a la mujer regando sus rosas en pleno septiembre, rastrojo del viento, calor de fogón; busco a las niñitas, manojo de estrellas, flores de estación. pero sobre todo a misma la doña de la mecedora, que con su presencia coloreaba verdes en tierra de nadie, y entre mariposas sigue siendo ama, reina de la casa.

Poco importa todo. Ya no queda nada de todo ese mundo, sólo los recuerdos y la soledad... en el fondo oscuro unas mariposas que revolotean sobre una mujer que se balancea en su mecedora, susurra plegarias, espectro del sueño, me mira y me habla sin decirme nada. Soy sólo testigo de penas y luchas, de fe en el destino. Hoy las mariposas son dueñas de esa casa que queda en silencio, llena de fantasmas.


22.8.07

Mariposas en la Oscuridad

dOs

Ya la luna está en el cenit y allá, cinco pinos la acompañan,. No se puede ver la sierra y la atmósfera es azul. Cuatro nuevas mariposas vuelan alrededor de una vela y en el fondo el silente vaivén de la mujer sentada recuerda que ella ya no está. Empieza a llover, la calle se llena y el agua choca contra el portón, son grandes las gotas que encuentran la muerte aplastadas contra las tejas.
Hay muchas goteras, "y es que Ramón tiene tiempo que no pasa a buscar qué hacer". Sigue corriendo el agua por las canaletas pintadas de rojo que antes fue marrón, el desaguadero se tapa de hojas que hay que recoger. Se escucha una voz que grita "niños no pasen por el patio, se van a mojar!".
Palpita el recuerdo cuando se despierta aquel sentimiento de sutil angustia que sentía aquella niñita, al tener que cruzar por el cuarto donde estaba colgado el más hermoso Corazón de Jesús que jamás se vió, y que al mismo tiempo tenía una mirada tan viva que vigilaba todo su camino. Entonces su miedo y ella intentaban ignorar aquella presencia celestial.

Ya no se mueve la mecedora y la mujer está en la cocina. Afuera todavía hay tormenta,ella calienta café en la pequeña cocinita a gas que alguien le regaló por navidad. En el solar, del lado de las palomas se escucha como conversan los naranjos sobre la noche sin estrellas y la bruma.
La casa vieja, es ahora más vieja. Un San Benito vestido de telarañas conserva su cara de plegaria al cielo, a su lado hay otra mariposa muerta. A esa le fue peor porque estaba sola cuando se murió. De pronto un golpe en el techo de latón del lavandero, ¡quizá sea un limón o un higo que no pudo danzar con el viento!.
Otra vez vacío, otra vez silencio y en el suelo un colibrí dormido. Pequeñito, pequeñito, verde y azul, el pequeñito.
- Abuelita, ¿ Sería el frío?, se murió el pajarito.
En días de sol es distinto, otros fantasmas aparecen, la casa es la misma pero no es igual. Ahí suceden otras historias que no me contaron: cuatro niñas con vestidos hechos de sacos de harina, cuatro niñas juegan con juguetes de verdad. Juegan a trabajar.
Hay jardines muy amplios y la casa es bella. La cocina es de leña y está en otro lugar, las paredes llenas de humo, sin pintar. El frío es más fuerte vive también allí. Las niñas son cuatro, una morena y tres claras, una de ellas recién llegada.
A veces viene un señor con cara de bueno y vestido largo, les trae medias y calcetines para mitigar el frío.
Las niñas son niñas y nada más. Una vive montada en los árboles, es fuerte y tremenda, juega por entre los riscos y no conoce el miedo; la otra se mete dentro de un baúl y con una hojilla se corta las uñas y se hace sangrar. Hay una que no quiere estudiar, y la otra un domingo en misa miró para atrás y al llegar a casa recibió un azote de nunca olvidar. He visto a una de las niñas, a la más pequeña, de cuclillas bajo un árbol, sus manitas escarbaban torpemente la tierra buscando impacientemente, mientras murmuraba algo. Al acercarme pude descifrar lo que ese fantasma de hace muchos años buscaba y temía: "Si los muertos se tapan con tierra, entonces abajo, muy abajo debe vivir la muerte"...
(continuará)

3.8.07

la muñeca rusa





para Frau Wetz

Eran los años del fin de la gran guerra...los rusos, aunque vencedores, compartían con los derrotados la miseria que los años que la destrucción les habían dejado.
En la rusia roja de Stalin y de Lenin todavía vivían muchas familias alemanas que habían levandado allí su hogar después de que la Emperatriz Caterina la Grande por allá por el 1700 y tantos les ofreciera a los siempre pobres pueblos de Prusia, 100 años libres de impuestos si con sus pocas vacas, gallinas y ovejas echaban raíces en Katerinenburg, no tan lejos de San Petersurg.
Después de la guerra no había quedado nada en pie en Europa sólo millones de muertos sembrados en la vera de los caminos polvorientos; sólo familias desmembradas; sólo inocencia convertida en pronta adultez...
Ya el ser alemán en la Alemania ocupada por rusos, franceces, ingleses y norteamericanos era una gran humillación...pero el pertenercer a una vieja familia alemana en Rusia era mucho peor... los hombres de ascendencia alemana, aunque nacidos en territorio ruso fueron mandados por Stalin como medida de cautela a los campos de concentración siberianos...
Una niña alemana en Rusia, que cada noche se acostaba pidiéndole a Dios que su papá pronto regresará a casa, crecía al amparo de la presencia matriarcal. Una madre y una abuela que susurraban palabras en la prohibida lengua alemana a cinco 5 niños y a su pobreza.
Las mujeres realizaban las labores del campo, no existía manera de transportarse entre pueblo y pueblo, que no fuera por la fuerza de los haraposos zapatos que cubrían aquellos cansados pies.
La niña de escasos cinco años camina largas horas con su abuela para tratar de vender algún lechón el algún pueblo cercano. Un día, de regreso a casa y a un lado del camino la niña encuentra una pequeña muñeca hecha y pintada a mano. A los ojos de una niña que nunca había tenido un juguete, aquella sucia y vieja muñeca brillaba de hermosura. Pidió permiso a su abuela para recogerla y llevarla a casa.
La abuela con la autoridad que le daban la escasez y el orgullo le prohibió recoger aquel juguete. La niña dócilmente obedeció como era debido.
Al llegar a casa, aquella niña se escondió donde más pudo para llorar sus lágrimas de niña por el juguete que nunca tuvo; para llorar sus lágrimas de adulta por el orgullo que le quedaba; para llorar sus lágrimas de pueblo por no tener derecho a serlo; para llorar por lo que hasta el día de hoy no se le es dado olvidar.

19.7.07

Mariposas en la Oscuridad

uNo

¿Quién dice que nadie me va a entender?, yo sé que usted si..

con humildad,
Malizo

"...pues no son las paredes, ni el techo,
ni el piso lo que individualiza la casa
sino esos seres que la viven
con sus conversaciones, con sus risas,
con sus amores y odios;
seres que impregnan la casa de algo
tan poco material como es la sonrisa de un rostro..."

Ernesto Sábato
Sobre Héroes y Tumbas


Diecisiete mariposas vuelan en un cuarto oscuro. Redoblan las campanas que por siglos no sonaron... y en la casa envuelta en la más triste neblina, una mujer llora mientras se balancea en su mecedora.
El silencio que nace cuando se desvanece el tañir de las campanas se vuelve olor a tiempo que lo toma todo. Camina por entre las flores secas y sus pasos se escuchan en cada rincón de la casa. Dueño y señor de las almas que ahora dormitan en un mar de arena... deja un rastro de mariposas muertas.

La luz de los viejos días es ahora amarilla como aquellas fotos, las de la mujer parada junto a la columna; las del hombre y el auto, la calle de piedra, las del frío de la mañana y las de la luna llena.
Hay lugares dentro de la casa donde hay cosas que todavía respiran. El ático del cuartico de planchar, lleno de baúles, zapatos dispares y ropa vieja. Almanaques donde una niña sonríe mientras juega con Lassie y el tiempo se detuvo. Si se pone atención se pueden escuchar las risas de otros niños corriendo por la casa, jugando al escondite o inventando otros juegos. Ahí también hay luz, pero es diferente, entra por la claraboya justo arriba de la puerta, y en ese punto se puede sentir el miedo de aquellos niños que, en las estrelladas noches de agosto, temían mirar al cielo, porque quizá en ese alzar de la vista encontrarían que alguien más también los veía.
Casi se puede sentir en una pared desnuda el calor de los vestidos colgados como al descuido; alargar las manos y poder tocar los huevitos de las gallinas más jóvenes, las pollitas, pequeñitos y buenos para comerlos tibios. Del otro lado la plancha y una cesta muy grande en donde, como oíamos en misa, tal vez había dormido Moisés.
También respira y huele el gallinero vacío, lleno de caca seca que ya nadie va a limpiar; por un lado un muro de ladrillos y bahareque, por el otro tela metálica y en el fondo montones de revistas viejas que terminaron ahí porque no había más lugar. Los nidos de las gallinas todavía conservan un poco de su tibieza y si se busca en el fondo aún se pueden producir milagros, y con los dedos encontrar un huevo de madera para las gallinas cluecas.
La mecedora ahora baila sola. Era azul la mecedora y fue un regalo para la señora, para que pudiera descansar. Era fuerte la mecedora, columpio de niños, la cama del perro, sillón de visitas, descanso de abuela.
Y si se cierran los ojos se puede ver mejor. En el cuarto de la sala la ventana está cerrada. Cuesta trabajo abrirla la madra está podrida. Pero si se hace el intentoal asomarse uno puede ser testigo del transitar de los fantasmas de Milla: la loca, la niña Muñeca que vivió creyendo que siempre sería joven: los labios mal pintados y las mejillas llenas de arrugas, mucho tiempo después de muerta sabe llevar sus huesos con la misma dignidad. Pacheco dice buenas noches, vestido de traje kaki y en su sonrisa las huellas del chimo mascado toda su vida. Don Trino pasa cojeando y en su cabeza cabalga un sombrero que se quedó allí para ver como su cabello se iba poniendo gris. Uno de los niños corre por la acera seguido de otro que carga kerosene, para el viejo calentador del solar. Hay que cerrar la ventana para no llorar.
(continuará)