FANNY Y ALEXANDER Ingmar Bergman (1982)Después de muchos años, la ví de nuevo.
Me acerco a las cosas, al cine por lo que me hacen sentir, por eso escribo, por eso tuve una columna de cine y por eso escribiré siempre.
Esta nota inicia un aparte, que denominaré: la linterna mágica. Hablará sobre las películas que hace mucho tiempo ví y de repente vuelvo a encontar, sobre la que fui y la que soy en relación a ellas.
No voy a hablar del genio Bergman ni de lo que ya se sabe, ni de la película de cinco horas se convirtió en tres, ni de los premios que ganó. Nada de eso, esa información se encuentra en cualquier página si uno la busca bien.
Bergman me da la oportunidad de comenzar este aparte con su obra de mirada infantil terriblemente cercana.
(por mi concepto de trabajo en arte), con ese recuerdo de infancia y la confrontacion entre el mundo que se ilumina ante el oscurantismo, pero sobre todo con la magia, la ilusión y la imaginación. Con él me asomo a una ventana que no conoce limites entre los sueños y la realidad.
Hablo entonces de los ojos de Alexander, de ese Bergman niño y de su mundo. Sí, hablo de un niño que a principios del siglo veinte, juega con su teatro de marionetas y nos muestra los roles que aprendemos a representar a lo largo de la vida, proyectando miedos y verdades en objetos inanimados, que su mano revive para contar una historia.
Alexander con su linterna mágica ve las cosas de una forma diferente y su cabeza se llena de preguntas que quizá nunca tendrán respuesta. Ese personaje me toca adentro, porque es el director y somos los que de una u otra forma vemos el mundo como la tierra carente de límites entre la fantasía y la realidad.
Con suavidad y poesía, el tiempo vuela en esos ambientes interiores de claroscuros y colores pálidos. Las metáforas con las que las estaciones también relatan una historia, la luz y esas imagenes que dirán en segundos lo que nos acompañarará por siempre - un coche tumbado en la escalera que da al jardín, y en él una muñeca de brazos abiertos que mientras se ahoga mira al cielo.
El mundo infantil, la soledad y el desamparo, el encuentro con la muerte, el temor de Dios; Bergman nos cuenta de sí y del niño que fue a través de Alexander. La infancia, el momento en donde se gesta lo que hoy somos.
Hay también en la película espacios maravillosos como la fantástica tienda de antigüedades, un sitio más de cuentos que de realidades, en el que el niño se mueve sin preguntarse si lo que ve es o parece.
(pienso en elisabetta) Y si uno mira bien, en cada rincón hay un recuerdo; una madeja de historias por contar; la memoria de uno y de muchos; el silencio y la imposibilidad del ser humano por llegar a Dios; ya que éste puede ser cualquier cosa. En fin un bellísimo diario imaginado en el que el hombre no tiene por qué poder entenderlo todo, pues la vida es una constante interpretación de diversos papeles, lo importante es vivirlos plenamente, sin evadirse jamás de ellos, pero con la inocencia de los niños.
Y aunque al ser humano le sea imposible aclarar ciertas dudas en su intento por conocer a Dios, y como Alexander tenga que vivir siempre con los fantasmas de su mente y con el miedo a que se enturbie la precaria felicidad del dia a día; siempre habrá la posibilidad de escape que brinda la imaginación. Eso sí, muy de Bergman, a sabiendas que por mucho que lo intente y aunque la confianza en el amor sea grande, el hombre no podrá jamás desprenderse de sus temores más profundos.
Esta descripción del lado iluminado de la vida, es la otra opción que propone Bergman de olvidar, a duras penas, la cruel imposibilidad del hombre por entender su propia existencia.