14.4.13

Por nuestros hijos

Mi hija me da buenos días, seguido de un: hoy hay elecciones en Venezuela, mamá.

Sus ojos grandes y curiosos me miran como percibiendo la vorágine de sentimientos que hoy me mantienen al filo del precipicio. La distancia, las horas que lentas pasan y esa sensación qué lleva su nombre: Esperanza

Hace tres días cumplió 11 años, los mismos que hace del 11 de Abril del 2002. Aquél día en que el pueblo comenzó a despertar y luego sufrió la primera gran derrota.

Mi Esperanza está marcada desde su nacimiento por un nexo profundo con mi país. Y aunque crece en otro idioma y en otra cultura, me emociona ver en ella tanta conciencia de ser „mitad y mitad“, tanta sapiencia de que por la leche materna se le infiltró el virus del amor por Venezuela.
Y con él, el  amor por las letras que suenan a café colado mañanero y merideño, por el color del cielo que siempre conoce azules, por la sonrisa de la gente que de entrada y sin preámbulos es su amiga sin protocolos ni distancias. Por la música que le recuerda al abuelo y a la alegría. Cada domingo es sagrada su cita de conversación y asidero con la familia lejana. Un espacio sólo de ella y su venezolanidad a distancia.

Me maravilla que el lazo haya anclado tan profundamente y que colinde con el orgullo casi ciego de lo que se idolatra, a pesar de las rejas que cierran puertas y ventanas en las casas, o la carencia de libertad para caminar la ciudad sitiada por la delincuencia y la basura. Mi hija no ve eso, ve más allá de eso, ve lo bonito con ojos inocentes, sin prejuicios.

A pesar de eso, nuestras visitas a Venezuela se han ido espaciando con el tiempo a consecuencia de mi miedo por la violencia y la delincuencia que se viven en el país. El temor a los secuestros me paraliza; mi susto cuando en las noches suena el teléfono como si presagiara nubes negras es pura pesadilla. Aunque mi vida aquí sea todo lo contrario de la de allá, el vacío y la carencia persiste y duele... aunque pasen los años y uno pretenda acostumbrarse. Por eso, por nuestros hijos quiero que hoy se acabe la pesadilla de color rojo que ha destrozado a mi país, quiero que hoy tengamos todos juntos la posibilidad de, con conciencia, reconstruir un país, a sabiendas de que no va a ser fácil y que es tarea de todos y cada uno de nosotros. El voto es el comienzo, luego viene el trabajo conjunto y consciente y la exigencia que comienza en carne propia y se espeja en el vecino.

Quiero poder volver a mi país sin miedo, quiero estar orgullosa de sus logros, quiero que haya verdadera educación para todos y con ella un puesto justo para los valores humanos. Quiero una Venezuela todavía mejor a la que la que conocí en mi infancia. Quiero un país posible y eso sólo se puede si hoy termina lo malo. Por mi esperanza, por mi país, por nuestros hijos.

5 comentarios:

Alejandra Sotelo Faderland dijo...

Que nadie se atreva a soplar esa tenue llama de esperanza de la Esperanza. (Ya sabes que siempre la preferi sobre la Fe)

María Elisa Quiaro dijo...

nadie!

Señorita Cometa dijo...

Por TODAS nuestras Esperanzas...y Fabianes, y Martines y Alexanders y bichitos y cositos...por volver...

María Elisa Quiaro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
María Elisa Quiaro dijo...

si por todas esas "criaturitas" que merecen ser parte de lo bueno que tenemos en casa propia. Prohibido olvidar.