Mi hija me da buenos días, seguido de un: hoy hay elecciones en Venezuela, mamá.
Sus ojos grandes y curiosos me miran como percibiendo la vorágine de sentimientos que hoy me mantienen al filo del precipicio. La distancia, las horas que lentas pasan y esa sensación qué lleva su nombre: Esperanza
Hace tres días cumplió 11 años, los mismos que hace del 11 de Abril del 2002. Aquél día en que el pueblo comenzó a despertar y luego sufrió la primera gran derrota.
Mi Esperanza está marcada desde su nacimiento por un nexo profundo con mi país. Y aunque crece en otro idioma y en otra cultura, me emociona ver en ella tanta conciencia de ser „mitad y mitad“, tanta sapiencia de que por la leche materna se le infiltró el virus del amor por Venezuela.
Y con él, el amor por las letras que suenan a café colado mañanero y merideño, por el color del cielo que siempre conoce azules, por la sonrisa de la gente que de entrada y sin preámbulos es su amiga sin protocolos ni distancias. Por la música que le recuerda al abuelo y a la alegría. Cada domingo es sagrada su cita de conversación y asidero con la familia lejana. Un espacio sólo de ella y su venezolanidad a distancia.
Me maravilla que el lazo haya anclado tan profundamente y que colinde con el orgullo casi ciego de lo que se idolatra, a pesar de las rejas que cierran puertas y ventanas en las casas, o la carencia de libertad para caminar la ciudad sitiada por la delincuencia y la basura. Mi hija no ve eso, ve más allá de eso, ve lo bonito con ojos inocentes, sin prejuicios.
A pesar de eso, nuestras visitas a Venezuela se han ido espaciando con el tiempo a consecuencia de mi miedo por la violencia y la delincuencia que se viven en el país. El temor a los secuestros me paraliza; mi susto cuando en las noches suena el teléfono como si presagiara nubes negras es pura pesadilla. Aunque mi vida aquí sea todo lo contrario de la de allá, el vacío y la carencia persiste y duele... aunque pasen los años y uno pretenda acostumbrarse. Por eso, por nuestros hijos quiero que hoy se acabe la pesadilla de color rojo que ha destrozado a mi país, quiero que hoy tengamos todos juntos la posibilidad de, con conciencia, reconstruir un país, a sabiendas de que no va a ser fácil y que es tarea de todos y cada uno de nosotros. El voto es el comienzo, luego viene el trabajo conjunto y consciente y la exigencia que comienza en carne propia y se espeja en el vecino.
Quiero poder volver a mi país sin miedo, quiero estar orgullosa de sus logros, quiero que haya verdadera educación para todos y con ella un puesto justo para los valores humanos. Quiero una Venezuela todavía mejor a la que la que conocí en mi infancia. Quiero un país posible y eso sólo se puede si hoy termina lo malo. Por mi esperanza, por mi país, por nuestros hijos.

5 comentarios:
Que nadie se atreva a soplar esa tenue llama de esperanza de la Esperanza. (Ya sabes que siempre la preferi sobre la Fe)
nadie!
Por TODAS nuestras Esperanzas...y Fabianes, y Martines y Alexanders y bichitos y cositos...por volver...
si por todas esas "criaturitas" que merecen ser parte de lo bueno que tenemos en casa propia. Prohibido olvidar.
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