
cubrió de goteras el cielo
y esperó el amanecer
para sembrarlo de azul.
foto: P Kulbach



Ya no recuerdo como fue mi entrada al colegio... no recuerdo nada especial más allá del olor a cuadernos nuevos, zapatos y uniforme a la medida.
Este texto fue escrito hace doce lunas, hoy sigue vigente. Sobretodo en este tiempo en que me faltan minutos y sosiego para ir a visitarlos en sus casas. Pienso en ustedes, y les pido perdonen tanta ausencia.














“La soledad es la ausencia de un vínculo afectivo profundo con otra persona. El solitario siente que nadie le aprecia ni comprende, que ninguna persona se interesa por su vida y sus problemas, aunque esté rodeado de una multitud. La soledad no elegida es uno de los peores enemigos de la estabilidad psicológica y emocional. Constituye un gran problema muy en auge en la actualidad, sobre todo y paradójicamente, en las grandes ciudades”.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.
Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?»
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar».
Y dice ella: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar un cuento.
qué dicen campanas de la capilla
en sus notas, qué tristes parecen quejas
Y esa luna que amanece
Alumbrando pueblos tristes,
Qué de historias, qué de penas,
Qué de lágrimas me dice
En el fondo hay un santo de a medio peso,
Una vela que muere en aceite sucio,
Más allá, viene un perro que es puro hueso
con ladridos del hambre que Dios le puso
Letra y Música: Otilio Galíndez