18.4.14

Adiós Gabriel García Márquez: un señor muy viejo con unas alas enormes.



Todo empezó, lo recuerdo claramente, con un libro que mi papá tenía en su mesa de noche, „La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada“. Era un libro de cuentos ya, para entonces, bastante amarillento y ajado cuando cayó en mis manos. A través de él, conocí a Gabriel García Márquez. Yo era apenas una niña con muchas ganas de leer y con muchas más de escribir.

No sé cuantas veces leí aquel libro que hice mío y que con el tiempo mi padre dejó de buscar. Más adelante cuando encontrarme las letras del Gabo se hizo recurrente y necesario comencé a subrayar las frases escritas con maestría y pronto cada uno de sus libros se fue llenado de líneas de colores que hoy describen mis distintos ánimos y tiempos.

Recuerdo que en el liceo, el libro anaranjado de Lengua y Literatura de Raúl Peña Hurtado y Luís Rafael Yépez, juntaba lo mejor de la literatura latinoamericana desde el Popol Vuh hasta el Boom. El Gabo en la portada, junto a Gallegos y Neruda, abría las puertas al mundo de la palabra entendida „latinoamericanamente“ con todo y todo, desde nuestras carencias hasta nuestras riquezas.

Más tarde en la universidad, en el sitio en donde se juntaban los de la escuela de comunicación social, los de letras y de artes y en donde la tertulias literarias y políticas estaban a la orden del día, el mundo seguía llenándose de mariposas amarillas y de sueños; de ángeles caídos en una noche de lluvia y de cangrejos; de la magia de Melquiades y de Remedios la Bella. Era un mundo absolutamente posible aquél del que nosotros formábamos parte.

Un poco más tarde, la suerte y el placer que representaron para mi los viajes a la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba y a Cartagena de Indias, a la  Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Lugares en donde el Gabo se paseaba dueño del mundo que ayudaba a crear y donde nosotros los pichones de escribidores recibíamos con agradecimiento la iluminación que nos dejaba cada taller, cada clase magistral.

Hoy recuerdo especialmente a Tomas Eloy Martinez, quien también vivió en Caracas, y la delicia de sus historias acerca del Gabo. Así como él, mucho puede decir cada quien de su historia personal con el Gabo y sus letras, de cada libro leído y del momento justo en que fue leído. Muchos compartimos la herencia García-Marqueana, como la de un viejo amigo, como la de un señor muy viejo con una alas enormes. Alas que nos empujan a conocer el mundo más allá de lo cotidiano y lo común, en donde lo irreal se hace real y maravilloso, posible. Las alas que han cobijado nuestra condición de ser.

Hoy lejos del continente del realismo mágico, trato de trasmitir la belleza de esa liberad de pensamiento a mi hija y al mismo tiempo enterarla de  la grandeza y pobreza de esos Macondos latinoamericanos, y de nuestro gentilicio, hoy huérfano. Hacerla consciente de lo maravilloso que es ver la realidad con ojos diferentes asumiendo lo mágico como verdadero. Eso es lo que de alguna forma, como continente, nos alienta y nos salva.

Me alegra saber que Gabriel García Márquez entró en nuestras vidas para no salirse de ellas jamás, aunque por esos azares de la vida, haya decidido morirse.

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