
A todos esos „tíos y tías“ de nuestra infancia, esos de las fotos y los recuerdos que nunca dejaremos de ver con los ojos primigenios e inocentes de los niños.
Anoche me asomé curiosa a conocer los recuerdos de un viaje, de un encuentro y contemplé más allá del instante que se plasma en una fotografía. Asomada a una ventana mágica vi la Mérida que recuerdo con claridad cada uno de mis días. Sentí su sol de trópico andino sobre mi piel, pude ver el color de su cielo y esa mezcla verde y seca de las montañas del páramo. Y más allá de la postal geográfica pude tocar las paredes de una casa que también fue mi alegría de niña cuando cada año era visita y fiesta.
Hoy me falta el aire como me faltan las palabras, porque las vi a ellas, a las tías y mis ojos no entendían que el tiempo hubiera pasado y ellas no se mantuvieran intactas como en mi recuerdo. Ellas son, ahora, como era mi abuela cuando estos ojos infantiles la miraban. Hay algo que no cuadra. En la lógica del recuerdo hay algo que no encaja.
Ellas son hoy como era mi Chinta, pero en mi recuerdo siguen siendo las mozas de las fotos blanco y negro de los albumes que mi mamá guarda con celo. Ellas son para mi las mujeres de las delgadas cinturas y de los bailes de estudiantes casaderos, esas que en mi intento de descubrir pasados yo miraba y remiraba en aquellos albumes ya por esos años polvorientos.
Sin embargo, para mi ellas no son solamente fotos viejas, también son color y aprendizaje, son las tías que se reunían a jugar cartas al rededor de una mesa en La Pedregoza, mientras sus críos jugaban a ser exploradodes y comían moras hasta casi reventar. Era el tiempo de mis vacaciones escolares, tiempo en donde mi mundo todavía era pequeño pues se formaba de la línea que se hacía de juntar sólo dos puntos geográficos: Mérida, siempre Mérida y el lugar donde vivía.
Y el embrujo se rompe, cierro la ventana y me encuentro jugando un juego de mesa como ellas jugaban...todavía oigo sus risas. Pero en mi mundo de ahora hay solamente un rostro conocido de la infancia, un lenguaje igual, un espacio conocido. A mi lado hay dos niños que me miran, seguramente como yo las miraba a las tías cuando me permitían jugar „rooming“ un domingo merideño.
Entonces me veo siendo como ellas, repitiendo los mismos gestos de mi madre sin saberlo. Después de haberlas visto nuevamente en mi silencio o en mi risa de juego y detective, me asumo extrañándolas a ellas y a sus abrazos, las palabra de „usted“, a las ordenes cargadas de cariño y enseñanza y sobretodo extrañando a la niña que una vez fui y que ahora veo repetirse en Laura o Esperanza.
Veo a Ingrid y entiendo que nadie más en esta habitacion de juego puede comprender como ella que algo nos falte, que algo no esté y eso duela como una casa vacía en el corazón, como una palabra que no llegó a tiempo a unos oidos, como una tristeza innombrable que se remueve en un día de fiesta, en un día de ausencia.
Porque sabemos que somos nosotras las que deberíamos estar abrazando a esos cuerpos gastados de tanto camino, que no se parecen a mi memoria de ellas y que sin embargo sabemos son: esas tías, esas mamás, esas mocitas que hoy más que nunca nos faltan.
Y es que la lógica no hace recuerdo ni entendimiento, por la misma razón que nosotras ya no somos esas niñas que jugaban barbies o más chiquitas querían ser mamás de algún bebé querido.
Pero nos separan miles de kilómetros de esos abrazos, del olor de esas pieles que todavía tienen la magia de remontarnos al refuigio necesario de la infancia, de esos ojos que ya no tienen el brillo de las jueventudes blanco y negro, de esos cuerpos que poco a poco se van volviendo pequeños. Y es que el tiempo pasa y es una verdad tan grande que ojalá fuera mentira.
































