10.12.13

El eco de tu voz y de tu risa


Sólo me quedan las palabras que te nombran, Yolanda.
La risa de tu voz ronca y profunda; tu elegante presencia dispuesta y arreglada como para la mejor ocasión; tus uñas siempre bien hechas y pintadas de rojo, tus definiciones para la belleza (bellida); tu forma directa y clara de cantar las verdades; tu carácter y temple que siempre dieron admiración y susto a la vez.

Me quedan tus lágrimas en la distancia telefónica, cuando Alfredo Enrique me visitó en Cardiff. Ese aguacero del que pocas veces fui testigo, me sigue inundando hoy.

Me queda tu visita a mi casa en tierras teutonas cuando nació mi esperanza; me queda la certeza de que es verdad que el tiempo pasa y nos ponemos viejos aunque no lo sintamos, porque te veía niña en la vejez que te adornaba.  Me queda aquella primavera en Colonia con Haydeé, y el mágico y simbólico bautismo de mi esperanza en la catedral. Tú y mamá no sabían lo que hacían, pero en ese minuto las gotas de agua bendita le pasaron, a la bisnieta menor de la Chinta, los poderes de fe y fortaleza que caracterizan a las Maggiorani Simancas.

Me queda el momento en que me contaste que todos tus queridos de siempre, estaban constantemente contigo en las fotos sobre la repisa de la sala de tu apartamento Bostoniano, y que por eso nunca estabas sola. Era imposible, decías.

Me queda ese lección a fuego, acerca del desapego para poder sobrellevar las distancias, porque yo también vivo en la distancia y sé que a veces sangra. Tu desapego que jamás fue desamor, sino presencia de gran hermana-tía mayor.

Me quedan más allá, los recuerdos del tiempo en que viviste con nosotros y el lujo que fue tener dos mamás en casa.Y aquella conversación en la que me dijiste: „hija, en la vida hay que ser fiel a uno mismo, no a lo que lo demás esperan de nosotros. Esa es la lección más difícil de aprender, mira como yo la estoy aprendiendo después de muchos años“. Para mi ese fue un momento de iluminación que desde entonces siempre me acompaña.

Me queda la alegría de tus ojos, por aquella tu vida nueva de soltera en aquel apartametico de los cincuenta en El Rosal. Todo palpitaba vida en ti. Más tarde, el viaje, la despedida sin verdadero retorno, el vuelo para estar cerca de Alfredo Enrique, tu único hijo, ése tu lucha y tu razón de ser.

Las últimas veces que hablamos por teléfono, debo admitirlo, me costó mucho hablar contigo. No te podía ni quería pedir que lucharas más, ya habías hecho suficiente. Hasta el último momento fuiste tú quien nos entregó esa aceptación y esa paz previa a la partida. Quizá sea el enfrentamiento a propia mortalidad lo que nos libere, verdad.

Hubo mucha verdad y claridad en tus palabras finales. Mandaste a tu hijo a dormir, porque ya era hora. Le prometiste que se verían a la hora del desayuno para que se fuera a casa tranquilo. Sin embargo, ya tu sabías que de este sueño no despertarías, reconocías por los signos y la intuición que ya había llegado la hora de la verdadera despedida. Y te despediste sin mas, muy  a la Yola„buenas noches, hasta mañana y que Dios te bendiga hijo mio“.

Al final y hoy, esta madrugada seguro Jacinta y Carmen te esperaban a las puertas del cielo.  En ese lugar en donde, al cerrar la puerta detrás de ti, se quedan afuera todas las nimiedades del mundo, esas nuestras o aquellas de quienes nos tropezamos en vida.

Tú cumpliste la mayoría de tus sueños, a pesar de los pesares. Hoy todo se cierra como un círculo infinito. Mirando hacia atrás con claridad, así quiero imaginarte entrando en casa de San Pedro, con Jacinta y Carmen a cada lado, completando el ciclo del amor y del perdón infinito.

Hoy honro tu camino y tu historia, Tía Yolanda. Celebro tu vida y el recuerdo que en mi vida dejas. Hoy te dejo volar y escucho el eco de tu risa de siempre en la distancia, por y para siempre.

Con amor, Marieli.



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