12.3.07

La digestión emocional

Me pasa que cuando algo me molesta se me nota, no lo sé guardar y hacer como si nada. Soy tal extremo de transparencia que a veces parece idiotez, en este mundo en donde muchos llevan máscaras. No creo que se trate de ponerse una y hacer como si no pasara nada, creo más bien que es saber encontrar el equilibrio y dar a las cosas el valor que verdaderamente merecen.
Hablaba con alguien querido sobre lo que a veces nos tragamos y cómo luego de alguna forma somatizamos. Luego encontré este texto que aunque no intenta ir a profundidades, da algunas luces sobre cómo nos hacemos mal cuando digerimos la causa de alguna emoción negativa.
un texto de Silvia Mago

Hay ocasiones en las que empleo la analogía que hay entre las cosas que comemos y nos empachan y las situaciones de la vida que se nos hacen intragables. En ambos casos, se quedan allí, en nuestro organismo, en un vuelta y vuelta que nos vuelve pesadas, inquietas, revolcándonos en la cama sin poder conciliar el sueño, produciéndonos unas pesadillas terribles cuando logramos hacerlo, con un desasosiego tal y unos retortijones en las vísceras, que no vemos la hora de deshacernos del malestar que nos producen.

Cuando prestamos atención a los alimentos que ingerimos llegamos a determinar cuáles nos sientan bien y cuáles no. Así llegamos a establecer que si tomamos café o comemos carne roja después de ciertas horas es seguro que pasemos la noche en vela, o que el repollo o la papa nos producen flatulencias incómodas, que el vino rojo nos duerme de pie mientras que el ron nos pone agresivas, que aunque lo adoremos somos alérgicas al chocolate, que el picante nos alborota las hemorroides o que no tenemos tolerancia a ningún tipo de lácteo. Una vez que lo reconocemos evitamos ingerirlos y cuando nos dejamos llevar por el antojo anticipamos las consecuencias que vamos a tener que soportar. Pagamos el precio.

Con algunas situaciones de la vida nos ocurre igual. Hay cosas que nos revuelven el estómago, por mucho que intentemos tragárnoslas como si nada. Nuestro organismo se encarga de advertirnos que algo pasa, así no queramos ver de lo que se trata. Al igual que un determinado alimento nos causa malestar, hay situaciones que nos producen lo mismo. La diferencia está en que si los primeros nos producen acidez, náuseas o diarrea, síntomas de rechazo físico, los otros nos producen rabia, tristeza, dolor o frustración, síntomas de rechazo emocional.

Una vez que logramos determinar que por mucho que hagamos una situación de vida nos produce una respuesta virulenta, lo recomendable es abstenernos de insistir en soportarla. Será tarea de cada una saber qué hay que hacer para ponerle coto a la misma. Porque lo cierto es que insistir en hacer caso omiso de una situación que nos quebranta el bienestar emocional no tardará en reflejarse en el cuerpo físico. Ésa es la explicación de muchos trastornos que han llegado a denominarse psicosomáticos, es decir, que detrás de los síntomas físicos que manifiesta una determinada enfermedad se esconde un trastorno emocional y un sufrimiento importante.

Atender los factores emocionales no es tan fácil como tomarse un bicarbonato de soda para deshacerse de las molestias de un empacho estomacal. Amerita una revisión exhaustiva de las situaciones que vivimos que nos alteran el ánimo y nos quebrantan el espíritu, demandan que precisemos las causas que nos producen el malestar, necesitan que sepamos qué queremos, qué debemos y qué podemos hacer para resolver la raíz de la situación que nos aqueja y exigen mucha determinación para tomar resoluciones que compongan el asunto y nos liberen del molestoso atragantamiento.

Revisemos entonces qué nos estamos tragando y cuál es el precio que estamos dispuestas a pagar, si invertimos en la salud o en la enfermedad.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Que la digestión emocional sea tu alimento y el alimento tu medicina sentimental.
Me ha encando este post; un abrazo.

Umma1 dijo...

Hay que saber expresar el desagrado.
Pero hay que ser honesto, por los demás y sobre todo por uno mismo.

Callar enferma, nos vuelve viles.
Ser educado no significa ser consecuente.

Buen post :9

Isabel Barceló Chico dijo...

Muy interesante el texto que has reproducido. Comparto la opinión de su autora: hay que discernir claramente qué es lo que nos hace daño y cómo lo podemos afrontar de acuerdo con nuestros propios deseos. El problema está, muchas veces, en la dificultad que hallamos en identificar qué es, con exactitud, lo que nos hunde en el sufrimiento. Besos, querida amiga.

Francisca Westphal dijo...

pero discernir es casi un acto de madurez... pues necesitamos conocernos y saber lo que nos hace bien y lo que no para estar contentos al final del día... pero ese es el trabajo... un abrazo

Ana dijo...

Los dolores de garganta los curo hablando, diciendo cosas que las tengo ahí, atravesadas. Y los de oído... admitiendo que no me gusta lo que escucho.

Recomiendo un libro que se llama La enfermedad como camino. (No recuerdo autores) Fabuloso.
Un abrazo Ontokita.

Juan Lucas dijo...

Muy bueno el texto que has seleccionado, y además particularmente a mí me ha hecho pensar... sí, sobre todo en si vale la pena causarte ese dolor, esa enfermedad "psicosomática" que la verdad no se podrá curar con bicarbonato.

Aunque parezca petulante, gracias porque con el me has hecho recapacitar.
Juan Lucas.

david santos dijo...

Hola!
Tenemos de respechar y tener paciencia, pero...
Gracias por tu trabajo

thoti dijo...

.. creo que es cierto que muchas mas cosas de las que pensamos nos hacen daño y que no siempre sabemos de que forma debemos cuidar no solo nuestro cuerpo sino también nuestro espíritu..

Anónimo dijo...

Un saludo niña, y me encanto este post, pensamos similar... no hay que esperar que lo quetraemos dentro nos enferme, hay que sacarlo... un saludo y un abrazo desde aca...

con cariño... Gladys Ames

Alyxandria Faderland dijo...

Si estoy de malas, hasta el mejor caviar me cae como coz en el plexo solar; si es un buen ambiente, grato, agradable, y calmo, una hogaza de pan recien horneado es un manjar. Nada peor que el disgusto o comer a disgusto, al menos para mi.

Elú dijo...

Una invocación a cerrar nuestros círculos y dar paso a la espiral que se acerca.

eika dijo...

Me encantó esta analogía. Cada vez que iba avanzando en la elctura una risilla aparecía entre mis labios, una risilla que se identifica con lo que aquí nos planteas.

Un abrazo gigante!!

Candelas Sanchez Hormigos dijo...

Pero hay momento en que hay que tragar demasiadas cosas, por la familia, por los amigos, por esto y aquello ¿no es cierto? Creo que se aprende con los años a saber y decidir, mientras tanto es difícil no tragar algún alimento que te haga daño. Ni con bicarbonato, ni con sal de fruta...

Siempre aprendiendo.

Un beso

Clarice Baricco dijo...

Me hiciste recordar el desafío de Aristóteles.
Qué bien nos haría no tragar tanta basura de las que vamos acarreando los seres humanos, cuánta falta nos hacer discernir.
Buena aportación has dado con este texto que nos sirve mucho.

Abrazos prima y seguir sin hacer corajes, aunque claro, a veces nos llegan gratis.

Milena dijo...

ontokita
que buen post

a mi me cuesta muuuucho hablar, sobre todo con mis vínculos más primarios, siempre tengo miedo a herir

y después la herida soy yo, conmigo misma....

aprendiendo a ser

un abrazo

Julia Ardón dijo...

Recomiendo leer a Louis Hay, una doctora de EEUU que precisamente trabaja este tema.