
creciendo.
Dentro de mí mi edad
andando.
Oda al Tiempo
Pablo Neruda
Mi abuela olía como las velas de la iglesia. Había en ella un perfume quedo y profundo como el de la parafina de las velas que se consumían en la iglesia que me puso nombre un día de bautismo.
Si, camino abajo estaba la iglesia de Milla. Al sonar de las campanas que anunciaban el servicio religioso, las almas andaban cuesta abajo hacia sus puertas. Bajábamos aletargados por el olor de pino tempranero y el frescor de las mañanas merideñas que se mezclaban con el de las llamas que sacrificaban velas por milagritos furtivos y agradecimientos mil veces repetidos.
La iglesia era fría a pesar de sus pesares. Un no sé qué de encuentro clamaba esperanza.
Ahí llegábamos presos de un silencio entre sentido y obligado, pero silencio al fin: "!Pórtense bien, caramba que la iglesia se respeta!..." pero era difícil no voltear la cabeza para ver al que entraba silencioso a encontrarse con su Dios.
Blanca y oscura era la iglesia de Milla. La capilla tenía bancos de madera de cedro con sus respectivos reclinatorios muy, muy viejos. Para mí, ese lugar escondía secretos que despertaban una curiosidad inusitada y al mismo tiempo me aterraban. En días de misa me debatía entre la necesidad de adentrarme en sus negros rincones y las ganas de quedarme sentada junto a la abuela, con los ojos bien cerrados esperando que aquella hora interminable llegara a su fin. Así, como si durmiera, y sin mirar a los lados sobre todo porque las caras mustias y lavadas de los santos me daban miedo. Esos rostros pálidos y llenos de profundo sufrimiento, quizá por sus ropajes que hacía ya mucho habían perdido el color, me provocaban mucha lástima y un sentimiento de tristeza.
Esa era iglesia de mis vacaciones escolares y ese el mundo profundo que se encerraba tras sus puertas no siempre abiertas al día y a la vida.
Cada domingo sin falta, la cara y el sueño lavados, era el lugar del sermón de cura amigo y del monaguillo viejo, sermón de abuela regañona y por consiguiente sermón de Dios supremo y todopoderoso.
Es que cómo ponerle nombre a lo que aquella niña que fui podía presentir más allá del altar, cerca de la ventana que prodigaba la luz al Santísimo. Nunca como en esos años entendí lo que mucho tiempo más tarde conocí con el nombre de fe.






























